Las arvejas frescas son un lujo del que acá, en Colombia, podemos disfrutar casi todo el año.
Son uno de los tantos ejemplos de que lo bueno para salud es también bueno para el medio ambiente y delicioso, regla a la cual no le he conocido excepción. Aparte de pertenecer al grupo de plantas que ayudan fijar el nitrógeno en la tierra, proceso que mejora los niveles de ese nutriente disponibles en el suelo y evita el uso de fertilizantes sintéticos, la raíz, mas bien corta de la arveja, contribuye a prevenir la erosión. Además, incluir arvejas en un cultivo favorece el control de plagas. Para la salud, las arvejas ofrecen un cóctel único de vitaminas A y C, Zinc, fibra, proteína y compuestos antioxidantes y antiinflamatorios que ayudan a disminuir el riesgo de cáncer del estomago y de diabetes tipo 2, entre otros. Para el paladar, son una verdadera delicia, especialmente si vienen de una granja pequeña que cuide de recogerlas en el momento indicado, cuando están bien tiernas y se pueden comer hasta crudas, pues son dulces y ligeras. En los supermercados es frecuente que las arvejas esten muy grandes, cuando ya han desarrollado mucho carbohidrato y han perdido un poco su encanto primaveral.


