
Conocí a Clementina hace un par de años en un mercado. Desde entonces tenia pendiente visitarla en su finca para experimentar un día de cosecha en una granja de agricultura sostenible. Nos recibió en su casa con una aromática de menta y galletas caseras, regalo de una vecina, mientras empezaba a contar su historia.

Nació en Zetaquirá, Boyacá, donde aprendió de la mano de sus padres los oficios del campo. Allí vivió, hasta que le picaron las ganas de vivir en la gran ciudad y se vino para Bogotá. Llegó, como tantos campesinos, a buscar un mejor futuro. Trabajó en la sección de servicios generales de una entidad pública. Tal vez se ganó la vida, pero también una ulcera y un dolor de espaldas que no la dejaban tranquila. A sus 35, recuerda, parecía de 80. Un buen día la declararon insubsistente – dícese de quedar en la calle -. Ante la fría realidad, Clementina tomo la decisión mas importante de su vida, volver al campo. Esta vez, a una finca que su marido había comprado en Guasca años atrás. Allí, hace 18 años, decidieron labrar la tierra y su futuro.


